La estética del mangrullo.

Es inevitable escribir sobre Uruguay sin caer en la romantización que produce su paisaje. Para los porteños ese romance se torna casi onírico, quizás porque en su frontera esa pampa ocre que llamamos río deviene en algo finito y tangible, o bien por su condición paradisíaca en clave fiscal o tan simplemente porque su próxima vecindad nos refleja aquello que no tenemos y que tanto añoramos, como ciudades “organizadas de cara al río”, arenas limpias y playas poco ventosas o bien aquel paisaje sinuoso de cuchillas que quiebran la perspectiva eterna de nuestra costumbre hecha de llanuras interminables.
Cruzar a Uruguay nos obliga a plantearnos en un juego de perspectivas, los ejes mismos de asimetría que nos dividen, los ríos, se definen en costas que por cuestiones de natural pulso son diferentes. Por una simple curvatura geográfica la costa argentina ha sido siempre destino de sedimentos que vienen acarreados desde el norte, una costa mutante y barrosa, a mi parecer el origen del pulso neurótico que define nuestras ciudades. Las uruguayas sin embargo por el mismo movimiento fluvial, se limpian, se refinan y se rescatan tranquilas. Incluso el río, que acá despreciamos como cultura, de aquel lado se transforma en un extraño organismo seductor y bucólico, dónde aún no está prohibido bañarse1.  Al recorrer sus costas se produce una imperceptible graduación entre ocres y azules verdolados, un gradiente que acompaña y se pavonea en un viaje rutero que circunda la costa. Un plan nacional de rutas costeras y bosques como domesticadores del paisaje le dio a Uruguay ese primer trazo que lo hace diferente de aquel registro agropecuario y fértil de nuestra tierra2. Pisar el Oriente próximo es estar en un territorio ligeramente diferente, pero que se siente propio, aunque esta sea una actitud deseznablemente porteña, una cercanía familiar pero con lejanía política, como si se tratase de un sueño, de esos en los que nos proyectamos mejores.
¿Cómo se habitan esos sueños?
La primera estética que le da forma a ese sueño, es el mangrullo, quizás el más minimalista y austero de los dispositivos que la especulación inmobiliaria desarrolla para vender un sueño. El mangrullo se ve como un elemento casi nativo al paisaje, no solo se hace del paisaje, sino que es paisaje. Una simple intervención que logra expandir el horizonte más allá de lo evidente. Así cómo las brújulas se deben al Norte, los mangrullos siempre apuntan al mar. Dispositivo de venta y primer constructo sensorial de la atracción del mar cómo parte de la estética doméstica.
Una vez superado ese estadio primitivo, la definición espacial de ese sueño ha suscitado una tradición arquitectónica argentina en Uruguay que ha sabido concentrarse casi exclusivamente en Punta del Este y su expansivo campo gravitacional. No debe haber otro lugar en el planeta, fuera del propio país, que haya suscitado tanto trazo argentino cómo aquel balneario. Incluso algunos de los más reconocidos dogmas estéticos que dieron forma a esa urbe, en sus oleadas de crecimiento, le deben su impronta a una arquitectura de origen argentino. El listado de oficinas porteñas que firmaron trabajos en la costa es interminable, empezando por los chalets de Arturo Dubourg, los clásicos conjuntos de Mario Roberto Alvarez o de Manteola-Sanchez Gomez-Solsona-Salaberry y del repatriado Viñoly, alguna que otra ensoñación de Amancio Williams, o bien perlas escondidas entre dunas de Horacio Baliero. La lista se engrosa con proyectos contemporáneos que abarcan todas las escalas, dennotando una tendencia que parece proyectarse en el futuro.
Sin embargo algo de ese trazo distante, transrivereño, se tradujo en cierta desnaturalización del soliloquio proyectual, que enfrentado a la inevitable dificultad de leer un medio ajeno, hizo de abrazarse a oficinas locales una constante. Son ellas quienes entonces ayudaran a transitar lo remoto del ejercicio proyectual, ajustando conceptos y nociones a un medio que por salado, económicamente y naturalmente hablando, no es tan fácilmente legible como el medio propio. Esta es la historia de quizás las más reconocida de estas oficinas locales, al menos a escala de los proyectos domésticos. El estudio que Carolina Pedroni supo construir tras años de práctica asociada, el marco de referencia para la construcción de alta calidad en el Este. Un ejercicio que le dio espalda suficiente para hacer de esas asociaciones distantes, relaciones cercanas con algunos de los estudios que más le interesaban de continente, al punto tal de forjar admiraciones cruzadas, amistades proyectuales, y hoy en día proyectos conjuntos que ya desdibujan esa noción de localía como fundamento de su quehacer profesional.

1La Provincia de Buenos Aires cuenta con ordenanzas provinciales y municipales que prohíben bañarse en el Río de la Plata (por ejemplo, en el Municipio de San Isidro es la Nº 5304). Esta decisión se fundamenta en la contaminación del agua.

2“el plan Carvotto de Parkway atlántico de 1932-1936, una ruta ininterrumpida a lo largo de la costa forestada (…) En Uruguay desde principios de siglo la forestación extensiva de las costas constituyó un factor central.”

Alverto Varas, Buenos Aires Natural + Artificial, pg 60.- Universidad de Palermo + Harvard University, 2000

Historia de un Clan

Carolina Pedroni se instaló junto a su eterna pareja Roberto Riverti y su novel familia de dos hijas en el Este al tiempo que Carlos Menem asumía el poder. Si hablamos de dogmas estéticos, podemos decir que en ese exilio hubo algo de escaparle furtivamente a la estética noventosa del primer menemato. Pero por encima de todo estaba la necesidad imperiosa de naturalizar a la familia, acercandola a un ritmo de mareas y no de city. Instalada en Punta del Este empezó de nuevo, aun atraída por la poderosa fuerza gravitacional de Buenos Aires, se debatió entre las dos riberas por unos años, encargos que se sentían como herencias por un lado y escalas que no se correspondían con la pulsión arquitectónica latente de una porteña en la mar. Poco a poco se fue haciendo de su medio, construyó equipos, afianzó gremios y empezó a brindar servicios de localía a oficinas amigas, que cubrían la distancia con confianza ciega en la gestión de Pedroni.
Trabajó a la par de todos y todas, y lo digo asi para no herir susceptibilidades porteñas que son frágiles, dejó su impronta en detalles que no existían, en saberes constructivos autóctonos y sobre todo en la obsesión por la manufactura brillante de obras ajenas. Una gestión, a mi criterio, mal llamada como DDO (Dirección De Obra) ya que en la precisión que definen los planos, su participación linda con el co-proyecto. Años brindando ese servicio, la hicieron un referente en la construcción del sueño doméstico esteño. Para ella un eterno aprendizaje, una manera de seguir codeándose con aquellos que forjan la disciplina desde la práctica y asi aquietar de alguna manera la pulsión académica que militaba activamente en su Buenos Aires natal. Hablé con muchos de ellos y ellas, y todos y todas destacaron la labor de Carolina en sus proyectos, al punto tal que la declararon engranaje fundamental del éxito de sus aventuras balnearias. Sin embargo, su nombre sólo aparecía por lo bajo, como una colaboradora vanagloriada en su cualidad de “liaison local”, nunca una par de proyecto.
En el universo Pedroni ser consorte satisface pero no completa, ese ejercicio sobre distancias ayudó a consolidar estudio y equipos, y le dio espacio para desarrollar una práctica propia que como un sueño de una noche de verano se desarrolló en una serie de actos. El primer paso en ese sendero lo tomó al asociarse a un grupo de colegas del paisaje y de las artes izando el estandarte de la autogestión en un proyecto llamado Sendas. Un abordaje multidisciplinario sobre un bosque nativo en un barrio por entonces poco explorado de las afueras de Manantiales. Sendas resultó en una especie de villa creativa compuesta por un vivero, un estudio de paisajismo, el propio estudio de arquitectura y una galería de arte, que a fuerza de eventos, paseos y activaciones se hizo de un lugar en la escena de la temporada veraniega. Un desarrollo programático, material y porque no espiritual, que ponía en escena el catálogo completo de las posibilidades de Pedroni.
El siguiente paso se produjo mediante la intervención de un amigo, un tal Oks, que quería hacerle honor a la tradición arquitectónica de su apellido con una casa sobre las rocas a orillas del bravo mar. Con consejo curatorial, Carolina acompañó a su amigo en la selección de la traza de Mathías Klotz, el arquitecto chileno que algo de casas frente al mar sabía y de ese dueto nació La Roca, un clásico moderno del pequeño pueblo de José Ignacio. El dueto Klotz – Pedroni transitó como otros el camino de las mal llamadas Direcciones de Obra, pero a fuerza de proyectos, vínculos y visitas trasandinas, lo profesional dio paso a la amistad y devinieron en socios y colegas. Para el proyecto de las Musas, Carolina repitió el patrón de consejera, pero esta vez asociando a su amigo. Un power duo que se enriquece proyecto a proyecto. El último y más certero de los pasos es la llegada de Delfina Riverti a la oficina de Carolina, primero de manera remota, mientras terminaba la facultad en Buenos Aires, y más tarde con mudanza incuída a las cercanías del estudio. Delfina sumó a Franco, y más tarde se anexó Julieta que desde su estudio de paisajismo, Estación Salvaje, parecía volver a reconstruir el proyecto integrador que una vez fue Sendas, pero que hoy se define enteramente dentro de los cánones estéticos del Clan Pedroni.

Californianos de la Costa Este

Delfi y Franco se casaron en Uruguay, pero tuvieron a Tilo en Buenos Aires, incertidumbres migrantes que parecen haber zanjado cuando echaron raíces en el diseño de una especie de cabaña californiana en el edípico Balneario Buenos Aires. Una cocina con living la llama Delfina, la Transparente eligió llamarla Franco.
Un refinado chalet en vidrio y madera, un chalet de vidrio, que rompe con la estética del hormigón y tablitas de madera que primó con cierta escala megalómana en el balneario por años. Más allá de las formas, el diseño rompe con la monopólica tracción del mar, y se plantea como una casa todo terreno. El onirismo del veraneante no tiene un imaginario invernal en su dogma doméstico, mientras que el habitante si. En ese el terreno dónde se juega el aguante al ciclo circadiano de un balneario que fantasmea durante el invierno, se define la importancia del Norte como refugio para los meses fríos. Como un mangrullo que mira para adentro. Una casa cuyo programa se despliega a lo largo de todo el año y que por eso se plantea como una mirada sustentable para el desarrollo material y urbano del balneario. Desde entonces sus autores se despliegan en la cotidiana pensando en pequeñas casas para vivir y no sólo para veranear. Educan a sus clientes en las virtudes de cada una de las estaciones que supieron afrontar desde que devinieron en esteños y en los principios de la madera como aliado fundamental para la permanencia en el tiempo.
Asi su fusión con el estudio de Carolina permeó una nueva escala de proyectos pequeños para clientes afines a sus gustos y al éxito rotundo de sus formas, gracias a la capacidad de brindar un servicio de casas llave en mano desarrolladas entre temporadas. Un músculo entrenado que es sólo posible mediante la aplicación de un catálogo de detalles de autor, resultantes de innumerables ejercicios estéticos en obras de alta gama y de la gran virtud de saber resolver todo, puertas adentro. Fueron de los primeros en dar bienvenida y abrigo a aquel migrante, que, como ellos, entendió durante la pandemia que los horizontes domésticos podían ser más laxos. Hoy ya son parte del nuevo capítulo en la historia de un clan, que migró, se afincó en tierras prometidas, hizo de la localía su derecho para abrirse las puertas hacia una nueva estética del balneario. Quizás la más propia e ilustre de los últimos tiempos y sin dudas de la que van a aparecer un sin fin de copias con el correr de los años. Lejos de la humedad del mampuesto, los tiempos corrosivos del hormigón, pero bien ahincado en la ductibilidad de la madera y su gauchezca capacidad de recorrer amplitudes definidas por térmicas y temporadas estivales, la obra de la trifecta Pedroni-Riverti-Riccheri abre un capítulo estético con nuevos aires representativos, para aquellos que añoramos con un balneario al que vimos crecer, brillar y autofagocitarse en menos de lo que dura un ciclo de crisis argentinas. Un balneario que siempre seduce en verano, pero que ahora se refina para dar cobijo en el invierno a aquellos que lejos están del retiro bucólico y se animan a forrarse en neoprene para hacer del surf un estilo de vida, que dura todo el año.

Extracto de entrevista a Carolina Pedroni, Delfina Riverti y Franco Riccheri
Para Revista PLOT.

Martín Huberman: Quería comenzar la entrevista preguntándote sobre tu formación, ¿a qué facultad fuiste y en qué época?
Carolina Pedroni: A la FADU (Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires). Soy de la generación de Alfonsín, del año 83, 84, por ahí… Mi compañero de facultad, durante las últimas entregas de Diseño, fue Alejandro Sticotti. Éramos tres en realidad. Sticotti, una muy amiga que falleció, Silvia, y yo. Luego Laura Schächter y Pablo Vela fueron mis socios y compartimos un estudio durante bastante tiempo, mientras vivía en Buenos Aires. Frecuentábamos el Club de los 40, un lugar maravilloso que había creado Pancho Liernur, junto con Pablo Pschepiurca y otros, donde hablábamos de Manfredo Tafuri, por ejemplo. Era un grupo de gente que se juntaba a charlar de arquitectura y proyectos. También estaba Adrián Gorelik.
MH: ¿Era una especie de encuentro de proyectistas?
CP: Era un lugar donde se daban seminarios y cursos. El primer taller de Tafuri lo hicimos en la Sociedad Central de Arquitectos y después alquilaron una casa en el barrio de Belgrano, y ahí empezaron los talleres. En ese momento, además, empecé a ser docente de la cátedra de Alberto Varas.
MH: ¿Hiciste carrera docente?

CP: Estuve en un período en el que la cátedra era impresionante, porque teníamos de profesor adjunto a Eduardo Leston, que había trabajado con Colin Rowe. Sus teóricas eran maravillosas, y sus correcciones todavía más. En la cátedra estaban también Ignacio Dahl Rocha, Jaime Grinberg y algunos otros. Pero con ellos son los que más relación tuve. Estuve varios años en el último año de diseño de la Cátedra Varas y después, en paralelo, empecé con Miguel Baudizzone en Introducción a las Técnicas Proyectuales. También tenía un cargo de investigadora en la facultad, casi a tiempo completo, muy intenso.
MH: Cuando arrancaste y mencionaste a Sticotti dije: bueno, debe ser una balierista [por Horacio Baliero] de la primera hora, pero no…
CP: No… soy varista, de Alberto Varas (risas). En realidad todo este tema de la madera a mí me empezó a interesar y conmover después. Alejandro [Sticotti] era un entusiasta de la madera, cargaba con la historia de la carpintería propia, algo muy fuerte para él, aunque en ese momento no lo compartimos. Hicimos proyectos que no tenían nada que ver con la madera.
MH: ¿Cuándo te fuiste a Uruguay?
CP: Me vine hace veintinueve años, durante el gobierno de Menem. Un peso equivalía a un dólar; vendí mi casa y me fui de Argentina.
MH: ¿Por qué?
CP: Por cuestiones propias, que no tuvieron que ver con la profesión. En aquel momento me iba bastante bien. Tenía el estudio armado con Laura Schächter y Pablo Vega. Hacíamos muchos locales comerciales, algunas casas y reformas grandes. Después nació mi segunda hija, Julieta, y ahí nos separamos, porque se volvió todo muy complicado. Todavía nos
seguimos visitando cada tanto. Con mi marido, teníamos dos nenas y teníamos que mudarnos, así de simple. Mi marido Robbie [Roberto Riverti] había recibido una beca de fotografía de la Fundación Antorchas para las Artes, por un trabajo basado en Uruguay y como éramos muy deportistas y surfistas, decidimos ir a un lugar donde el agua estuviese un poco más limpia y nos permitiera que nuestras hijas se críen en un lugar más saludable.